El policía interior del que habla Burroughs

Diarios de bicicleta de David Byrne
Diarios de bicicleta de David Byrne

En el aeropuerto ví este libro replicado mil veces. Lo compré luego con un bono de regalo recibido por Carla, mi amiga secreta. Un amigo que se mudó a México me regaló un libro sobre Burroughs. Yo encuentro “Las cartas del yagé” en línea. Le paso el enlace y lo considera un regalo. Enlazar es bueno.

William S. Burroughs, en Flickr por Christiaan Tonnis
William S. Burroughs, en Flickr por Christiaan Tonnis

En el libro de David Byrne leo esto, mientras recuerdo a muchos que han caído en esta trampa. Espero no caer en ella, o al menos saber cómo salir:

La mayor parte del tiempo, nos contenemos para no ofender o atacar las creencias religiosas de nuestros amigos. De hecho, en una conversación educada, se considera fuera de lugar hablar de las creencias religiosas personales. De la misma forma, no solemos burlarnos de la familia de alguien en su presencia, ya sea de sus padres, hijos o hermanos: sólo a él le está permitido. Y raramente nos metemos directamente con el aspecto físico de alguien. No le decimos a nadie que está gordo, que tiene una pinta lamentable o que le sienta mal el peinado.

Pero Burroughs se refería a algo más que eso. Burroughs, y creo no equivocarme, comprendió que acabamos alcanzando un punto en el que la autocensura de ciertas ideas, no sólo las que podríamos llamar groseras, se interiorizan. Llegan a un momento en que lo “malo”, lo inapropiado, lo políticamente incorrecto o los pensamientos poco convencionales ni siquiera afloran, ni se nos ocurren. Y si lo hacen, son tan rápidas e inconscientemente suprimidos que es como si nunca los hubiéramos tenido, y al poco tiempo parece que dejan de surgir totalmente. Freud observó ese hecho y dedujo que esos pensamientos prohibidos se acumulan y corrompen en alguna parte de nuestro interior: según él, ni el intelecto ni la conciencia pueden vaciar o deshacerse nunca del contenido de ese bote de basura. Para Burroughs, esta censura es la evidencia de algún tipo de control mental, de un modelo de sociedad que limita no sólo lo que decimos y hacemos, sino también lo que nos permitimos pensar. Según él, es un ejemplo de cómo la policía religiosa o de seguridad nacional penetra finalmente en nuestra mente e instala allí su pequeño polizonte. Y es un tipo de censura perfecta: cuando autocensuras ciertas ideas, no necesitas una organización exterior que te controle.

Cuando se alcanza este nivel de autocensura, no eres consciente de ello. Llegado ese momento, te parece que no hay censura alguna, crees que tus pensamientos son realmente libres. Con toda probabilidad, el instigador o legislador externo de tus pensamientos -el gobierno, los medios de comunicación, tus amigos, tus padres- también se han convencido de que tales pensamientos no surgen, no existen. Al final, una vez suprimidos, nada escapa a esa caja de pensamiento único. Y todo, incluso el creador de la caja, está dentro de ella.

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