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Viandadas

Ars Vitae

Teníamos fuerte afición al vino
le rendíamos culto a los racimos de uva
y éramos arrogantes, crédulos
pendencieros
Preferíamos la muerte
a perder la libertad
y llevábamos la alegría del amor
hasta las puertas del infierno
hasta desafiar a la misma muerte
desnudándonos en pleno combate
o agrandándonos las heridas recibidas
Y si veíamos en peligro la vida
de nuestras mujeres y la nuestra
nos dábamos muerte por gusto continuo.
Y éramos tan arrebatados en la guerra
que jamás actuábamos de acuerdo a un plan
No conocíamos ni la humildad
ni la caridad, ni la abnegación
ni la dulzura
Éramos serios y semifabulosos
y adorábamos a nuestras esposas
que adoraban el falo y el oro.

 

Ars Vitae es uno de los poemas de Diego Maquieira que más me da gusto leer. Él es un poeta chileno que conocí de pura casualidad escuchando a un grupo llamado The Ganjas del cual uno de sus integrantes resultó ser hijo suyo. De ahí en adelante me empeñé en conocer más de su trabajo y di con un buen lugar en donde se ha recopilado buena documentación sobre este autor y algunas otras curiosidades.

Tengo grandes recuerdos de la época en la que conocí a este poeta, me llegó un fuerte deseo e interés por la lectura de todo tipo, similia similibus, en momentos en el que el ocio era mi escuela y la universidad el botadero creativo, receptor de todas las ideas que se adecuaban a las necesidades que la academia demanda. El ocio fue un factor sobresaliente a la hora de aprender, más veía, más comprendía, más relacionaba. Ahora lo recuerdo con nostalgia y luego del medio papelón, golpe contra un muro blanco que tuve que enfrentar al hablar en público, en mostrar y enseñar sobre herramientas de la web para el bien de las labores de la comunidad que trabaja con la información… Un discurso más cuadriculado, más denso, más común  y todo por perder espacios de ocio, recreativos en donde se puede seleccionar y devorar información para luego darle tiempo para digerir y darle un remix, generar un nuevo producto, con nuevos sentidos.

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Dislocando ideas, reconstruyendo conceptos

«Lo que no te mata te hace más fuerte»

"Quítate de la vía perico"

«Quítate de la vía perico». El libro que me gané por este escrito que refleja mi manera de ver la lectura.

¿Alguna vez has tenido la sensación de haber descubierto algo que estuvo frente a ti todo el tiempo? A veces sentimos cambios en la manera de percibir el mundo, son cambios pequeños, mutaciones leves en nuestras ideas que cambian nuestro punto de vista.

¿Alguna vez leíste un libro que te hiciera temblar, sentir repudio, asco, incertidumbre y hasta modificar tu forma de actuar? He tenido esos documentos en mis manos y algo que me quedó claro es que los libros que perturban tus estructuras mentales siempre tienen algo en común: Presentan espacios, ideas o conceptos que nos son familiares y además ofrecen respuestas a nuestros problemas.

¿Pero cómo un universo tan bizarro como el de Kafka puede solucionar problemas? ¿Acaso en las noches temes que puedas convertirte en un escarabajo gigante como ocurrió con Gregorio Samsa en “La Metamorfosis”?

Estanislao Zuleta en su “Conferencia sobre la lectura” [Zuleta 1978, p.24] plantea que cada escritor genera su propio código y para entenderlo debemos habitar esos espacios bajo las reglas de cada escrito. De lo contrario las invenciones, fantasías y vicisitudes similares de los escritos de ciencia ficción no tendrían cabida en el mundo. Recuerdo haber disfrutado lecturas en el colegio como «El Túnel» de Ernesto Sábato porque sentía afinidad con su protagonista pero al ver que dicho sujeto cometía asesinato lo apartó de mi contexto por el simple hecho de que para mí no era plausible que yo cometiera acto semejante. A pesar de eso sentía afinidad por los sentimientos y eso evitó que de dejara de lado la lectura.

Leí “100 años de soledad” de Gabriel García Márquez que no me dejó más que un molesto sinsabor. ¿Por qué creo que ocurrió esto? Porque en la historia no hay nada que solucionara mis dudas existenciales de aquella época. La sentí como una bella historia de una familia que nada tenía que ver conmigo.

El primer libro que me sacudió y llegó a modificar mis estructuras mentales fue “Érase una vez el amor… pero tuve que matarlo” de Efraím Medina Reyes. Fue tan fuerte porque pensaba que todas las personas siempre actúan de buena fé, además de creer que la selección natural era cosa de animales. Este libro se sitúa en un contexto fácilmente reconocible, donde un grupo de amigos salen de juerga cada vez que pueden, son marginados porque escuchan punk en tierra de vallenato y usan las palabras “mierda”, “puta” y otro tanto de improperios tan frecuentemente como mis amigos y yo en un día cualquiera. El libro tenía una altísima similitud con mi entorno y a pesar de disentir y hasta repudiar varias de las ideas allí planteadas, tuvo los argumentos necesarios para que yo cediera y modificara mi posición, además de solucionar mis dudas existenciales.

Otro libro que generó el sentimiento de encontrar lugares comunes en mi fue “1984” de George Orwell, donde un gobierno totalitario manipula la información a su antojo para controlar y hasta obnubilar los pensamientos de toda una nación. Lo curioso de éste documento es que no solucionó ninguno de mis problemas, sino que por el contrario los agravó; pero ese es precisamente su encanto. Orwell se valió de lugares comunes, altamente vigilados, lo que me hizo alzar la mirada en más de una ocasión en búsqueda de cámaras de seguridad para lograr ampliar la visión del mundo con un simple cuestionamiento: ¿Qué tal si Orwell no está tan lejos de la realidad y yo estoy siendo manipulado? Es allí donde las palabras de Zaratustra retumban en mis oídos, palabras como “A vosotros los audaces, buscadores, y a quien quisiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles” [Nietzsche, P.60] y encuentro el sentido a Estanislao Zuleta quien aboga por una actitud diáfana hacía la lectura.

Empieza aquí un acercamiento mucho mayor a la lectura debido a que esas nuevas preguntas que van surgiendo amplían tus sensaciones y al disponer de un campo sensorial mucho mayor puedes encontrar espacios comunes en mas lugares, además de disponer de un criterio más amplio para discernir entre diferentes gamas de un mismo concepto.

La cromatización de la que habla Miguel de Zubiría en su “Teoría de las seis lecturas” [Zubiría, P.183] toma un papel importante ya que la profundidad que pueden tomar los conceptos que usamos se alimenta por diferentes vertientes y notamos cada vez más pequeñas diferencias que antes pudieran pasar desapercibidas. Nuestra vida deja de guiarse por la lógica Aristotélica para darle cabida a la lógica difusa. Ya no vemos las cosas blancas o negras, buenas o malas [como ocurre con la lógica Aristotélica] sino que encontramos “sabores” intermedios que son validos.

Encontramos nuevamente puntos comunes, esta vez en las historias, y vemos como Medina Reyes, Charles Bukowski, John Fante y Henry Miller pueden hablar de lo mismo pero cada uno adaptando su escrito a particularidades muy propias de su estilo. Todos ellos hablan de sobrevivir a mujeres y relaciones difíciles, pasando longevos periodos de hambruna pero usan cromatizaciones para hacer atractiva su historia frente a otras.

Tan rica y diversa es la lectura que encuentras soluciones a tus dudas y puntos comunes en formatos diferentes como el cine, la música, el teatro y otras expresiones artísticas. Reconoces historias vividas mediante lecturas y revives sentimientos que van de hojas de papel a la gran pantalla. Ves películas y puedes remitirte a libro original y encontrar cromatizadores que un director pudo pasar por alto, pero que un escritor sabe que puede tocar fibras internas en sus lectores. Me ocurrió con “El club de la pelea” dirigida por David Fincher y escrita por Chuck Palahniuk, una cinta que puede ser muy irreal y poco susceptible a ocurrir, pero contextualizada y con los argumentos que presenta el autor puede no parecerte tan descabellada. Lees otras obras como “Asfixia” (Palahniuk) y llegas a sensaciones que reconoces de la misma lectura del autor en un formato diferente. De cada quién depende qué formato de lectura prefiere, lo cierto es que las historias que nos atraen son las que tienen ambientes comunes y no necesariamente son lugares, pueden ser conceptos sentimientos o situaciones que atrapan a los lectores y los involucran en mundos diferentes, generados por un escritor.

Nunca voy a olvidar el terror sentido en el preludio de la muerte de uno de los protagonistas de “A sangre fría” de Truman Capote, sensación que paradójicamente reviviré el día de mi muerte.

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Irreversible // Cuento

Los feos somos muchos más | Toxicómano
Los feos somos muchos más | Toxicómano

*Este texto puede ser convertido en un cortometraje para el trabajo de grado de un amigo que estudia cine y televisión. Ya ha pasado antes con  varios de mis escritos.

Estábamos discutiendo en la calle, ella decía que yo era un maldito cerdo y yo la llamé puta. Me aruñó la cara y yo la empujé. Cayó de bruces frente a un mendigo, el tipo me dio asco, me miró con terror, con ese ojo morado por una buena tunda que alguien le había dado. Sentí un hilo de sangre tibia bajarme hasta el cuello, pero no sé si fue por esa idea estúpida de que las mujeres son indefensas o qué, pero acerté en una patada directa al estómago del indigente. El tipo me miraba horrorizado, pero no era por la paliza que le iba a dar, era por algo más. Creo que notó todo el odio que se desprendía de mí.

Lo levanté, lo agarré del cuello y le aticé un buen golpe en el ojo bueno. Mientras tanto ella se reponía de la caída, tomó su cartera y se acercó para escupirme. Su saliva se revolvía con mi sangre, hirviendo, que me dio más fuerza para golpear al mendigo que trataba de decirme algo…

-¡No puedes matarte!

Me gritó.

Me causó gracia esa estupidez y no sé si fueron todas las botellas que me revolvían la cabeza o fue ver el rostro deformado de ese maldito retorciéndose en su mugre, amenazándome con matarme…

-Escúchame pedazo de basura- le dije hablándole al oído  -aquí el único que está en peligro eres tú, ni siquiera te puedes parar y ¿me dices que si te hago algo vas a acabarme?

El maldito indigente no podía articular ni una palabra. Estaba calvo en algunos lugares de su cabeza, era solo piel y huesos, con una figura retorcida. Lo miré directo a los ojos y muy en el fondo de su alma pude probar todo su terror. Su boca se torció queriendo gritar pero antes de que lo hiciera lo golpeé con más fuerza y un sonido seco nos hizo saber que su nariz estaba hecha añicos, así que seguí golpeándolo hasta que me dolieron los huesos y entonces… lo golpeé con más fuerza.

Me retiré un poco, estaba exhausto, su rostro era un manchón en la pared y yo solo atiné a tambalearme hasta la esquina y vomitar las entrañas para sentirme un poco mejor. No quería pensar en nada. Solo quería llegar a casa y dormir un buen rato para tratar de olvidarme de todo.

No recuerdo muchas cosas solo que caminaba mirando al piso, que veía mis pies y la sombra que bailaba debajo de ellos, recuerdo moverme entre la noche y que de la nada salió un tipo a pedirme dinero. Traté de quitármelo de encima pero no podía hacerlo. Empecé a caminar más a prisa pero estaba demasiado ebrio como para saber a donde iba, creo que caminaba en circulos. Miraba hacia atrás y ya no era un tipo sino tres. Gritaban como simios y yo solo quería desaparecerme. Algo me golpeó en la nuca y aterricé de cara en el pavimento. La vista se me nubló y sentí que uno de mis brazos me hormigueaba, luego uno, dos, tres golpes en las costillas. Sentía mil manos esculcándome aquí y allá, luego un relámpago atravesó una de mis piernas. Intenté levantarme a ver qué había sido pero recibí un golpe en un ojo. Traté de reponerme y fue cuando unas manos me agarraron del cabello y me sacudieron contra el pavimento.

Estaba acabado; recostado en el suelo viendo mi cabello a medio metro de mí. Con una mano me toqué el cráneo, entendí que el golpe me había arrancado una buena parte del pelo. Me habían robado los zapatos, la chaqueta y todo lo que tenía en los bolsillos. No estaba seguro de cuanto tiempo había pasado, solo que para moverme tenía que arrastrarme.

Pensé en el karma. Pensé que Dios debería estar gozando de lo lindo conmigo, pero eso no era todo.

Traté de reponerme, pero no podía controlar mis mórbidos movimientos. Fue ahí cuando ella cayó bruscamente a mi lado. La miré a los ojos y era la misma tipa que hace un rato había empujado.

Levanté la vista y me vi arrogante golpeándola. No entendía que era lo que sucedía. Ahí estaba yo, acercándome a… me miré con el único ojo bueno que tenía y estaba entre harapos, espantado viendo venir mi fin con llamas en los ojos, sabía que no tenía otra salida, que era el fin del camino. Sentí una patada en la boca del estómago y como pude vi horrorizado cómo se acercaba a mí por el único ojo bueno que tenía en esos momentos. No tenía fuerzas y los pensamientos se me revolvían en la cabeza. Recibí un golpe en el ojo y por un momento vi una gran luminosidad. Era el fin. Tomé un último aliento y de la desesperanza algo surgió …de lo más profundo de mí ser pude gritar con fuerza:

-¡No puedes matarte!